La noche de Reyes

Cuesta creer que hoy en día todavía seamos capaces de hacer posible la Noche de Reyes; nuestros padres y abuelos dejaron el listón muy alto. Y no precisamente por el nivel de regalos, no, ellos a penas alcanzaban para poder dejar un humilde regalo a cada hijo que, en la mayoría de las ocasiones, según me cuenta mi madre, era una muñeca de cartón, un balón de reglamento para los chicos y ropa para los más mayores. Nada de lujos. Quizás ese fuera el secreto, ahí estaba el valor tan grande de esta fiesta el siglo pasado: todo costaba tanto, tantísimo sacrificio conseguirlo, cualquier cosa costaba tanto tenerla, que el agradecimiento y la ilusión eran infinitas.

Hoy no. Hoy vivimos en el Mundo del “todo es posible y alcanzable“. Hoy los niños crecen sabiendo que, deseen lo que deseen, lo tendrán. Ningún sueño se queda sin realizar, por lo que crecen sin la necesidad de desarrollar un instinto de lucha (o al menos, la posponen) como sí lo hicimos las generaciones anteriores.

Los familiares de estos niños, entre los que me incluyo, nos hemos encargado de hacer un patético trabajo. Pensando que así le evitaremos sufrimientos. Como si el sufrimiento fuera malo del todo. Como si un poco de ese sufrimiento no nos hubiera hecho a nosotros hombres y mujeres maravillosos hoy en día, capaces de ser y estar donde estamos y a donde hemos llegado solos, sin ayuda de nadie. De repente, y sin saber por qué, nos ha dado a todos por querer evitar ese sufrimiento a nuestros pequeños, como si no fuera lo mejor que nos ha pasado a todos nosotros, como si no fuera necesario en la vida.

Y así, nos gastamos ingentes cantidades de dinero todos los años, pagas enteras (podría comprarme un coche a tocateja sumando todo lo que me he gastado en mi hermano pequeño durante todos sus reyes, cumpleaños y celebraciones varias).

Aún así, los ponemos a estudiar en exclusiva, sin que tengan que trabajar como hicimos la gran mayoría de mi generación, por ejemplo, para costearnos nuestros estudios universitarios sin pedirle dinero a nuestros padres. Y aún así, después de haber realizado el mínimo esfuerzo en sus vidas y no haber logrado todavía nada en esta puñetera vida con verdadero sacrificio y dolor, sin que nadie les financie nada, sin tener ellos que buscarse el dinero para poder estudiar, para irse y pagarse un alquiler en Sevilla o Madrid, para pagar luz, agua, matrícula de universidad, etc…, Estudiar con la tranquilidad de que no tienen que buscarse un curro donde te exploten al máximo y sin saber si te van a ingresar la nómina a tiempo, antes de que te pasen todos los recibos de gastos por el banco… Pues aún así, se atreven a medirse con generaciones anteriores, que no lo tuvimos nada fácil para lograr llegar donde llegamos solos y sin ayuda.

La culpa es nuestra, queridos amigos, nuestra y solo nuestra, por criar cuervos, esos que hoy nos sacan los ojos. Esos que hoy piensan que porque se les ha dado todo y lo tienen todo, tienen derecho a abrir la boca, a opinar de una vida de la que todavía no saben nada, de la que todavía no saben de qué va ni la respetan.

Así que si quieren a sus hijos, no les eviten el sufrimiento y no se lo den todo. Aunque puedan permitírselo. Realmente, espero que los Reyes Magos sean este año más sensatos y reine en todos los hogares el sentido común, porque durante unas décadas, sospecho que la sensatez la pudimos haber perdido.

Empecemos el año con buen pie.

Si es que lo de irte de bares después de las uvas a estas edades, pasa siempre factura, que ya no tiene una 20 años. Bueno, qué digo, con 20 años mi madre no me dejaba salir todavía, chiquilla, mi pobre padre tenía que hacer guardia a pocos metros del local, junto con otros padres, para recogerme a las dos horas de haberme puesto el trajecito ese con el que pasabas un frío polar inclasificable, que no se yo por qué demonios me compensaba tanto la negociación previa que comenzaba en agosto como si en ello se me fuera la vida, la bronca monumental a la desesperada en la que ganaba siempre mi madre por goleada el día anterior, y que no me daba ni para conseguir que la suela de los zapatos dejasen de patinar después de estrenarlos con escasos 4 bailes. Vamos, ríete tu de Cenicienta; mis amigas y yo corríamos más que ella y sin perder ninguna prenda por el camino. No me parece el cuento para tanto Príncipe, la verdad. Total, que por mucho que bebíamos en esas dos horas, no nos enterábamos de nada. Claro. Cuánta sabiduría tenían nuestras madres… Lo tenían todo calculado para que no llegáramos al coma etílico.

En cambio, mírame ahora. Una copita de nada y ya avisto barcos a mi alrededor (ahora con vikingos, totalmente influenciada por la serie, qué quieres que te diga, el subconsciente manda un 98%). Una se hace mayor para lo bueno y para lo malo.

Eso de “año nuevo, vida nueva”, hija, perdona, será para algunos. Yo, desde luego, me he tenido que poner a tirar de la vida de siempre: limpia la mierda de la noche anterior, retoma el trabajo de mujer empresaria (/barra) autónoma (/barra), periodista impetuosa (la autocrítica, dicen que es sana), hija primogénita responsable, y un largo etc., de todo lo que llena mi ocupadísima vida y que no me deja tiempo para el deporte nacional: criticar la vida ajena, ni siquiera asomarme un poquito, porque me importan tres pimientos las intimidades de los demás. (Hay gente que no sabe aún que se puede vivir sin ello)

Así que hoy, me lo voy a tomar con calma. Hoy comienza el reseteo, nada nuevo, pero sí un reseteo, una especie de pacto conmigo misma, de respeto. Ese que no debemos perdernos nunca, por mucho que otros intenten que nos lo perdamos.

Hoy comienza otro “sprint”, otro “claro que sí”, otro “sigue adelante”, otro “tramo del camino”. Porque esa es la vida, un montón de tramos de un camino, y en cada tramo hay vida, hay esperanza y, sobre todo, hay todo lo que tú quieres que haya y lo que no quieras que haya. Porque hasta para esto último -que para la gente buena es lo más difícil del mundo-, hay que tomarse el tiempo necesario en cada tramo de este camino tan importante, que es nuestra vida.

Caminemos, pues.